Los estoicos distinguían dos funciones del principio rector o guía interior (hegemonikón): el consentimiento referido al ámbito de la representación y del conocimiento, del que he tratado en otra entrada; y el impulso activo (hormé), que consiste en el querer que se refiere al ámbito de la motricidad, del movimiento hacia los objetos, provocado por las representaciones.
Sin embargo, Marco Aurelio, al igual que Epicteto, distingue tres, y no dos, funciones del principio rector:
- Consentimiento
- Deseo
- Impulso activo
Marco Aurelio desdobla la noción de voluntad, en dos aspectos. Por un lado, estaría el deseo, que es concebido como una pasividad respecto de los acontecimientos exteriores y, por otro lado, tendríamos la tendencia a actuar o no actuar. Esta, a diferencia del deseo, tiene su causa en el interior de nosotros mismos, no en las cosas exteriores.
La distinción, por tanto, entre deseo e impulso activo en Marco Aurelio, se basa en la oposición entre causa exterior y causa interior. La causa exterior corresponde a la Naturaleza que resulta común a todos y que despierta mis deseos, mientras la causa interior consiste en la naturaleza particular de cada uno de nosotros y está en el origen de mi acción libremente escogida.
Con base en esta distinción podemos señalar la diferencia entre la disciplina del deseo y la disciplina de la acción. Disciplinar el deseo consistirá en negarse a desear lo que no sea voluntad de la Naturaleza del Todo. Por su parte, la disciplina de la acción tendrá por finalidad orientar mi acción en el mundo, de tal manera que yo haga lo que esté de acuerdo con mi propia naturaleza.
Una adecuada comprensión de la disciplina del deseo requiere hacer una breve mención de la noción estoica de Naturaleza. Para los estoicos, el todo de la Naturaleza está gobernado por un principio ordenador (logos) inmanente. El hombre, es una parte de dicha Naturaleza, y por tanto comparte con ella la participación en el logos que, en el caso del hombre, se manifiesta a través del principio rector.
El logos, como principio ordenador del Todo, es un principio racional que garantiza la armonía y bondad de la Naturaleza.
En este sentido, el hombre consigue disciplinar su deseo, cuando logra desear sólo aquello que es conforme con la Naturaleza. Dicho de otra manera, la disciplina del deseo se refiere a la forma en que debemos acoger los acontecimientos que resultan del movimiento general de la Naturaleza universal. Tal como señala Hadot:
[…] si un acontecimiento me adviene, lo produce la totalidad universal de las causas que constituyen el cosmos. La relación entre este acontecimiento y yo mismo supone el universo entero y la voluntad de la Razón universal. (p. 243)1
Hadot hace una interesante comparación entre la actitud estoica de aceptación y deseo de los acontecimientos naturales tal como se producen, y la consigna nietzschiana de amar el destino (amor fati). El sí estoico a los acontecimientos que nos depara la Naturaleza, es un consentimiento a la racionalidad del mundo. Sin embargo, la afirmación dionisíaca de Nietzsche es un “sí” a la irracionalidad, a la crueldad ciega de la vida.
Mientras que para los estoicos la racionalidad propia del todo de la Naturaleza sirve de fundamento para la disciplina del deseo, en el caso de Nietzsche, el amor fati es un querer el destino a pesar de la irracionalidad del todo.
En las Meditaciones de Marco Aurelio2 la cuestión de la disciplina del deseo se fundamenta, en ocasiones, a partir de la disyuntiva “Providencia o átomos”. Esta disyuntiva aparece en varios pasajes de la obra, y en su forma más clara lo podemos encontrar en el Libro XII:
O bien una necesidad del destino y un orden inviolable, o bien una providencia aplacable, o un caos fortuito, sin dirección. Si, pues, se trata de una necesidad inviolable, ¿a qué ofreces resistencia? Y si una providencia que acepta ser aplacada, hazte a ti mismo merecedor del socorro divino. Y si un caos sin guía, confórmate, porque en medio de un oleaje de tal índole dispones en tu interior de una inteligencia guía. Aunque el oleaje te arrastre, arrastre tu carne, tu hálito vital, y lo demás, porque no arrastrará tu inteligencia. (XII, 14)
Con la dicotomía entre Providencia y átomos, Marco Aurelio estaría aludiendo a la diferencia entre las concepciones del cosmos de Epicuro y de los estoicos. Para el primero el mundo consiste en una mezcla confusa de átomos carente de todo orden, mientras que para el estoicismo, como hemos visto, el mundo está ordenado por un principio racional (logos).
El argumento de Marco Aurelio viene a ser que, si el mundo es una mezcla confusa de átomos, no hemos de preocuparnos porque no podemos hacer nada frente a ese caos, pero sí podemos disponer de nuestro principio rector o guía interior (hegemonikón), que es nuestro reducto de libertad no susceptible de ser arrastrado por el todo caótico3. Y, si tal como sostiene la física estoica, la Naturaleza es un todo ordenado racionalmente por el logos o la Providencia, tendremos aún menos razones para preocuparnos, pues está garantizada la racionalidad de todos los acontecimientos.
La conclusión que se obtiene de la disyuntiva entre “átomos o Providencia” es, por tanto, que «el modelo de universo no cambia la disposición fundamental estoica de consentimiento a los acontecimientos, que no es otra cosa que la disciplina del deseo» (p. 255).
La concepción estoica de la disciplina del deseo, entendida como deseo de que todo suceda tal como el curso natural de los acontecimientos lo determine, constituye una de las ideas que más ha contribuido al estereotipo del estoicismo como concepción pesimista y fatalista de la vida. Este carácter pesimista se acentúa por algunas expresiones que encontramos, por ejemplo, en Marco Aurelio, en las que se utilizan imágenes de procesos físicos sobre los que se ofrece una mirada cruda y realista. Sirvan a modo de ilustración los siguientes pasajes:
Cual se te presenta el baño: aceite, sudor, suciedad, agua viscosa, todo lo que provoca repugnancia, tal se presenta toda parte de la vida y todo objeto que se nos ofrece. (VIII, 23)
[…] En suma, examina siempre las cosas humanas como efímeras y carentes de valor: ayer una moquita; mañana, momia o ceniza […] (IV, 48)
Manifestaciones de esta índole, responden a una mirada cruda de la realidad que, a juicio de Hadot, no hemos de interpretar en un sentido pesimista, ni ha de llevarnos a pensar en un rechazo por parte de Marco Aurelio de lo material (p. 279 y ss.). Por el contrario, con estas expresiones Marco Aurelio estaría ejercitándose en dar definiciones físicas de los objetos más diversos, que se ven así desprovistos de valor alguno que pudiera influir, desde el exterior, sobre nuestros deseos. Es decir, se ejercita una mirada a las cosas exenta de valoraciones, con el fin de evitar que arrastren nuestros deseos, tanto en un sentido positivo de anhelo, como en un sentido negativo de rechazo.
Resulta interesante señalar aquí, cómo la disciplina del deseo entronca de manera casi natural con la disciplina del consentimiento que he comentado en la entrada anterior pues, al ejercitar la mirada “realista” sobre las cosas, estamos también ejercitando el discurso interior que acompaña la imagen que nos hacemos de las cosas y acontecimientos externos, para no dar nuestro consentimiento a un discurso interior cargado de valores (positivos o negativos) que contribuiría a activar nuestros deseos o rechazos.
La disciplina estoica del deseo contiene también una referencia al tiempo. El deseo es habitualmente el deseo de algo por venir, de algo futuro, una cosa, una situación, etc. De igual modo, el rechazo puede ser muy habitualmente el rechazo de algo que tememos suceda en un futuro, o el temor a las consecuencias de un acto presente. También es habitual experimentar un rechazo de experiencias pasadas. En todo caso, parece que deseos y temores o rechazos, desvían nuestra atención del presente que estamos viviendo en cada momento. Desde este punto de vista, la disciplina del deseo exige un circunscribirse al momento presente.
La delimitación al presente que supone la disciplina del deseo implica, según Hadot, aislar el presente del pasado y del porvenir, y reconocer la pequeñez del presente (p. 231).
Resumiendo lo dicho, podríamos finalizar diciendo que disciplinar el deseo supone un doble ejercicio de modificación de nuestra modo de estar en el mundo:
- Circunscribiendo nuestra atención al presente, y mostrando indiferencia frente a anhelos y temores por lo que fue o por lo que será en el futuro.
- Concibiendo cada acontecimiento en la perspectiva del Todo racional del que también nosotros somos parte.
Finalizo esta entrada con una cita de Marco Aurelio que resume el espíritu que subyace a la disciplina del deseo:
Armoniza conmigo todo lo que para ti es armonioso, ¡oh mundo! Ningún tiempo oportuno para ti es prematuro ni tardío para mí. Es fruto para mí todo lo que producen tus estaciones, oh naturaleza. De ti procede todo, en ti reside todo, todo vuelve a ti […] (IV, 23)
- Hadot, Pierre (2019). La ciudadela interior. Barcelona, España: Alpha Decay. Las referencias a números de páginas se referirán, salvo indiciación distinta, a esta obra. ↩
- Marco Aurelio (2019). Meditaciones. Barcelona, España: Gredos. Las citas a esta obra referirán el libro en número romanos, y el párrafo en número arábigos. ↩
- El pasaje citado de Marco Aurelio finaliza afirmando que el oleaje no arrastrará tu “inteligencia” (nous). Este concepto de inteligencia, es utilizado en muchas ocasiones con significado equivalente el principio rector (hegemonikón). ↩







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